Pequeña y mediana empresa: hacer historia o ser historia, una cuestión de actitud

24 de febrero de 2010 - Destacados

Jan Carlzon, en su libro “El momento de la verdad”, dice: “a quien no se le da información no se le pueden pedir responsabilidades. Pero cualquiera que tenga la información no puede evitar el asumirla”. ¿Acaso no se dice siempre que “la gente” no asume responsabilidades? Yo les pregunto, en este momento, ¿no se está propiciando esa actitud con la decisión de no informarles o participarlos? Cuantos “aaahhh, no sabía”, se estaría ahorrando la empresa, y cuantas decisiones rápidas (aquellas que realmente hacen la diferencia) se estarían tomando, y cuántas horas el empresario estaría liberando para dedicarlas a las actividades más acordes a su función.

5) No se cuenta con los suficientes buenos gerentes, aunque en realidad deberíamos preguntarnos: ¿tiene la empresa verdaderos gerentes? No dudo que las personas que en este momento secundan al empresario sean de su más absoluta confianza, leales y comprometidos. No minimizo el hecho que la gran mayoría de ellas lo acompañaron desde que la empresa era sólo un sueño, pero la cancelación de esa “deuda de gratitud”, haciéndolos responsables de funciones críticas para el futuro, tiene un costo increíblemente alto para la empresa, que otra vez no se lee en su cuadro de resultados. Para superar todos estos problemas, la organización exige un nuevo modelo mental de análisis y pensamiento, y no solamente un grupo de personas que sean, muchas veces, réplicas del fundador. Se necesitan personas con un criterio distinto y con la capacidad de tomar decisiones y llevarlas a la práctica, sin estar pensando continuamente cómo las hubiera hecho el empresario.

6) La voluntad parece ser el camino para solucionar todos los problemas y que el lema favorito es “vamos… vamos… vamos”, cuando en realidad muchas veces lo más aconsejable sería tomarse un pequeño tiempo para repensar y tomar las decisiones que correspondan. Todos viven corriendo de un lado al otro como hámsters en sus ruedas y, como las pequeñas mascotas, no llegan a ningún lado pero, eso sí, es desgastante mantener ese ritmo y esa rutina. Es más, hasta se da la situación de que cuando terminan la jornada extenuados por la cantidad de temas en los que corrieron, tienen la fantasía de que realmente han trabajado mucho. Yo me pregunto, ¿los clientes les pagan a sus empresas por la capacidad que tienen para apagar los incendios que provoca esta manera impulsiva de trabajar, o porque sus productos les brindan un valor y una satisfacción? Nuevamente, otra sutil diferencia, trabajar mucho no es sinónimo de trabajar bien.

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